De nuevo han caído en mi tumba las lluvias de octubre

(espero otra vez esas nieblas espesas

que llegan a tiempo en invierno,

tal vez llegarán enseguida este año).

Quizás como siempre, envueltos aún en el frío,

empiecen de nuevo a venir los primeros turistas

y un guía erudito, hablando con calma al micrófono,

empiece a contarles la historia

del cuerpo sin alma que llena de polvo esta tumba.

Dirán sus palabras de alguna batalla olvidada

que a hierro dejara en mi cuerpo

la triste señal de una herida

(mas yo solamente recuerdo

la huella que queda en el pecho después del abrazo).

No soy aquel héroe que cuentan.

Al menos no creo haberlo sido.

De toda la vida me queda

la mancha azulada del vino en los dientes,

el leve regusto de arena en la boca

que deja otra boca alejándose,

el lento pasar de los días

y el vértigo atroz que provocan a veces las noches.

Dejé de saber hace tiempo

de aquellas hazañas que cuentan.

No sé si llegué a imaginar

lo poco que sabe uno mismo de aquello que fue

si acaba viviendo en la tierra.

Francisco del Moral Manzanares