Te has quedado esta vez para siempre durmiendo en mis manos,

con los ojos me has dicho: «Ven aquí, no me dejes, abrázame,

sígueme con tu alma también,

vámonos donde nadie nos vea,

donde tenga el amor un lugar para ser lo más grande».

«Vives»

han apenas hablado tus labios.

«Mueres»

han gemido de angustia los míos,

de ver que quedaba sin eco tu ausencia

y mi anhelo sin agua moría.

¿Acaso no viste mi cuerpo feliz descansando

y soñando contigo, esperando sonriente el reencuentro?

¿Y en mis venas no viste este amor con tu olor y tu nombre

que caldeaba mi piel y aguardaba paciente tu beso?

Si un hombre pudiera, sólo uno, sentir el amor en un cuerpo

que duerme, en esos dos labios que pasan y no dicen nada,

si un hombre tuviera el valor de mirar como miran los hombres

y buscar y encontrar lo que busca sin dudar un instante,

aunque tiemble la tierra en sus pies y en sus ojos el miedo,

si ese hombre tuviera el valor de esperar como esperan los hombres,

le daría mi amor y mi sangre y mi cuerpo y mi daga.

No ese amor que la mano te entrega,

no ese amor que te lleva a la sombra y te besa despacio,

que al camino boscoso del parque te guía

y te llena la piel de caricias amables.

No ese amor que te surge en el pecho y te explota en la boca

y en la boca te deja el amargo veneno.

Yo te daba y te doy el amor que no suena.

Un hombre solo, sólo uno,

que supiera sentir el amor en un cuerpo que yace.

Francisco del Moral Manzanares