Estaba a punto de salir de casa

y ha sonado el teléfono en mi cuarto.

He dudado por culpa de la prisa

si ignorarlo o cogerlo y finalmente

he cerrado la puerta de la calle,

he ido a la habitación y he descolgado.

Una voz alejada y conocida,

con los mismos agudos que la mía

y con la misma cruda carraspera

me ha respondido desde el otro lado.

Hemos charlado un poco. Sin dejarla

terminar sus palabras he tenido

que interrumpirla por alguna causa

que ya no logro recordar (el tiempo

digo yo que habrá sido como siempre).

A partir de mañana emprenderemos

el silencio de nuevo: callaremos

y nos ignoraremos mutuamente

aunque hoy nos hayamos despedido

con insistente y cálida efusión.

Eran buenas noticias, sin embargo

me ha dejado de algún modo tan triste

esa conversación inesperada

que apenas si comprendo el mecanismo

de las satisfacciones y las penas.

Detrás de la tristeza, cuando hablábamos

he sentido silbando en la memoria

aquel tiempo lejano en que las horas

pasaban muy despacio

y la felicidad era posible.

Francisco del Moral Manzanares