A pesar de lo poco que me fío

de mí mismo en cuestiones de fortuna,

a pesar de saber que está vacante

desde hace mucho el puesto de trabajo

de mi ángel de la guarda

y me tiemblan las piernas cuando pienso

en el cincuentón dócil, sin ímpetu ni gracia

que me tocará en suerte

(en virtud del penúltimo convenio

de la Administración y el sindicato).

A pesar de los riesgos que he corrido

y no debí correr jamás,

lo he vuelto a hacer.

 

He vuelto a pronunciar esa palabra

que casi todos oyen

como si la dijeran para otros,

como si fuera de una lengua muerta

y ya sonara a pura arqueología,

o hubiera que escuchar en un congreso

a veinte mil cabezas prestigiosas

ese millón de opciones diferentes

para redefinirla

(puede que en un concilio

fuera más apropiado para algunos).

 

He de reconocer abiertamente

que nunca he aprendido del pasado

y experimento un vivo regocijo

cada vez que tropiezo con mis viejos errores,

como si fueran íntimos amigos.

Y por eso, tal vez, he vuelto a pronunciarla,

o porque su sutil fonología

me regala un oxígeno distinto

al que me dan las plantas

y me ayuda a moverme más deprisa.

 

La familia me dice que me ande con cuidado,

que, dados estos tiempos,

habría de revisar

ese vocabulario empedernido

que no dejo de usar sin su permiso.

Amenazan con darme en adopción.

 

Yo no sé si escaparme por las noches,

como en los viejos tiempos,

para buscar debajo de los puentes,

al lado de los cubos de basura

o en los refugios de los vagabundos

a aquellos hombres que me la enseñaron

a pronunciar tan cuidadosamente

como ahora soy capaz,

y que me la pasaban

escrita en pedacitos de papel,

entre las páginas de un libro,

debajo del felpudo,

oculta en una caja de pastillas

para la tos…

con la dicha minúscula que da lo clandestino.

Francisco del Moral Manzanares