De_veritate_orbis_3er_relato_punto_de_libro_2014

 

Estou hoje vencido como se soubesse a verdade.

Fernando Pessoa

 

La mañana que lo encontraron muerto sobre la mesa de su despacho, con el rostro lívido, la frente apoyada en el escritorio y los brazos caídos en dirección al suelo, nada había hecho presagiar que sería la última de su vida. Se había levantado otra vez a las cinco en punto, una hora antes de la salida del sol, para dirigir sus oraciones al Altísimo en la quietud de la madrugada. Le volvió a pedir ayuda en la tarea que el Espíritu Santo había tenido a bien encomendarle y que tan lastrante le resultaba. Aquella responsabilidad le había hecho perder el sueño. Desde hacía más de un mes no lograba ese descanso reparador tan necesario en cualquier circunstancia, sobre todo si se está obligado a mantener la mente serena y el pulso firme, como era su caso.

Nada más terminar de asearse, le gustaba vestirse con la sotana blanca de faena y retirarse ante el crucifijo del siglo XVI que colgaba a un lado de la cama. Después de terminar sus oraciones, se levantó del reclinatorio tratando de no producir el más mínimo sonido con el roce de sus ropas o con el cuero de sus zapatos rojos, que aún tenían la rigidez propia del calzado nuevo. Era una manía conservada desde la niñez -en aquella época compartía la habitación con su hermano pequeño e intentaba prolongar el silencio lo más posible, con la intención de no despertarlo antes de tiempo-. Se dirigió al comedor y, una vez allí, una monja benedictina le sirvió un capuchino, un zumo de naranja y dos cruasanes recién horneados. Pensó que no debería ceder tan a menudo a las tentaciones del cuerpo y decidió aceptar solo uno de ellos, y comerse el otro tal vez a media mañana, si como de costumbre sentía a esa hora un vacío en el estómago.

Fue entonces cuando una extraña asociación de ideas le hizo recordar el momento en que vio por primera vez la llave. Durante los últimos años había oído hablar varias veces de ella, pero nunca tuvo la certeza de que existiera. El mismo día de su elección, poco antes de que se le anunciara al mundo el nombre de su nuevo Pontífice, tuvo unos minutos de recogimiento en soledad, según los cánones de una costumbre histórica: en una pequeña celda desprovista de cualquier tipo de adorno, ante una sobria cruz de hierro, algunos atributos personales de varios de sus predecesores y un ejemplar del Codex Vaticanus, como símbolo de la antigüedad del mensaje de Cristo. Rompió la solapa de un sobre lacrado con el último sello pontificio y leyó con emoción las palabras que su antecesor le había dedicado apenas seis meses atrás, aun sin saber cuál sería la identidad del destinatario. No llegaba a comprender el significado de todas ellas, pero intuyó que la experiencia le permitiría con el tiempo interpretarlas en toda su profundidad. Según aquel escrito, estaba llamado a custodiar y proteger con su propia vida un objeto adjunto a la misiva atípica que acababa de leer. Se trataba de una llave dorada de unos diez centímetros de longitud y sin ningún rasgo que la hiciera especial a simple vista.

Con la vorágine de las últimas semanas, se había olvidado de ella y también del cofre de plata en cuya cerradura se insertaba. Este lo había localizado exactamente en el lugar en que se le indicaba en aquellas líneas manuscritas, y se había maravillado del hecho de que, a pesar del control al que estaban sometidos por multitud de centinelas de todo tipo -no todos bienintencionados ni amigos- tanto él como quien lo precedió en el cargo hubieran sido capaces de comunicarse con éxito a través del tiempo y el espacio, y hubieran gozado de la suficiente libertad de movimiento para llegar al escondite. Hacía unos días que había logrado ocultarlo en su propia residencia y hasta que la cestilla de mimbre en que aquella mañana le sirvieron la bollería del desayuno se lo evocó, debido a su forma ligeramente parecida, nada había logrado convencerlo aún de que por fin había llegado la hora de descubrir su contenido.

Guardaba todavía el gusto del café en el paladar cuando se encaminó a su despacho con la intención de deshacer el misterio. Según las instrucciones recibidas, debería haberlo hecho tiempo atrás, pero no había tenido la serenidad ni la vitalidad física necesarias. Tras encerrarse en la habitación, se acomodó en su silla de trabajo, se llevó las manos a la cadena que le colgaba del cuello y escondía a diario bajo la sotana, y la desabrochó para poder extraer de ella la llave de los cajones del escritorio. En el inferior -el más grande de los tres- se encontraba la otra llave, y a su lado el cofre de plata con rubíes engarzados, labrado con una imagen de la conquista de Granada por los Reyes Católicos, y los escudos de estos en las caras laterales. Lo agarró cuidadosamente y lo colocó ante él. Era liviano, mucho más de lo que podía esperarse, pues su interior estaba casi vacío. Volvió a inclinarse para coger del cajón la llave más grande y la introdujo con cierta parsimonia en su cerradura. Al girarla hacia la izquierda, el chasquido que se produjo se confundió con el ritmo de su corazón acelerado.

El interior estaba revestido con un terciopelo amarillo sobre el que destacaba el escudo de la Santa Sede en tonos azulados, repetido uniformemente. Y preservado por aquella atmósfera, en apariencia hermética y protectora, había un pergamino enrollado y atado con una cinta de seda blanca. Lo desenrolló sirviéndose de las dos manos, llevando la derecha hacia abajo y la izquierda en sentido contrario, hasta que quedó al descubierto entre ellas un texto no muy extenso, escrito en un latín eclesiástico simplificado y cuya comprensión detallada no le causó demasiadas dificultades. DE VERITATE ORBIS, rezaba la primera línea. Se le ocurrió que podía ser un buen título para una encíclica.

Leyó un tanto atropelladamente, llevado por un apetito voraz, pero la inseguridad de haber entendido el mensaje con exactitud lo impulsó a encadenar otras lecturas más pausadas, hasta que logró desterrar de su mente cualquier vestigio de duda. Sintió como si unos nudillos insistentes le golpearan el pecho por dentro y tuvo que respirar hondo y entornar los ojos para superar el obstáculo. Le sobrevino un golpe de tos. Intentó serenarse. Devolvió el documento al lugar donde había estado custodiado durante siglos y encerró el cofre de nuevo bajo llave, con el firme propósito de impedir que llegara a otras manos y la noticia se difundiera como una mancha de aceite.

La espalda se le llenó de agujas. Notó que las costillas le oprimían el tórax y a continuación se dilataban y contraían una y otra vez como las branquias de un pez moribundo recién sacado del agua. Llevó los hombros hacia atrás con el fin aplacar la tensión que le incendiaba las lumbares y tuvo la necesidad de apoyarse en el respaldo de la silla para tomar aire, mientras se pasaba la mano por la nuca y se topaba con un sudor espeso y frío. Se dejó caer en el respaldo y dirigió sin querer la mirada al techo, en un gesto involuntario de súplica, como si Dios lo estuviera observando a pocos metros.

Recordó el pequeño pueblo de montaña en que pasó su infancia y la cara blanquecina y beatífica del sacerdote que le dio su primera comunión. Creyó verlo acercarse poco a poco, blandiendo una sonrisa estática y firme, mientras impartía la eucaristía con devoción de esclavo, aunque en realidad era él quien se iba acercando al párroco a medida que los jóvenes discípulos de este iban comulgando y se retiraban estremecidos por el acto sobrenatural que acababan de consumar. En el preciso instante en que la imagen onírica de la sagrada forma le invadió la memoria y borró de ella cualquier otro recuerdo definitivamente, sintió cómo una sacudida arrolladora se desencadenaba con toda libertad desde el interior de su cuerpo estupefacto y le concedió el suspiro imprescindible para despedirse de este mundo, al mismo tiempo que su cabeza se desplomaba hacia delante con la fuerza irrefrenable de la mayor de las derrotas.

 

Francisco del Moral Manzanares