Este relato fue escrito en 1997 pero publicado, con mínimos cambios, en 2012, después de haber ganado el segundo premio del Concurso de Relatos Zamora Vicente de la Universidad Antonio de Nebrija de Madrid.

La_verdadera_historia_de_Fernando_Redondo_Francisco_del_Moral

 

I

 

Don Fernando Redondo, antiguo Catedrático de Instituto, sentía aún al cabo de los años una indescriptible sensación de placer, cuando traspasaba cada mañana el umbral solitario de su despacho, en la vieja Facultad de la Universidad Antonio de Nebrija. Incólume como una patena, sin un solo papel descolocado que enturbiara el orden perfecto de su humanismo incomprendido, aquel pequeño refugio de su documentada soledad, con sus paredes blancas y su mesa amplia, desierta y siempre flamante, lo cobijaba diariamente de la presencia del mundo.

Una vez allí́, tomaba del estante superior la única carpeta azul de su larga vida académica, con los únicos apuntes amarillentos que confeccionara jamás. Aunque acabó por creerse que su desaforado ingenio los trajo al mundo una lluviosa noche de febrero en que la fiebre llenara de alucinaciones su espíritu grisáceo, no fue otra circunstancia que la lectura del eminente filólogo D. Manuel Alvar López lo que acabó elaborando aquellos apuntes centenarios.

Sin embargo, tal era la eficiencia pedagógica del insigne D. Fernando (aún hoy grupos de alumnos agradecidos conmemoran cada año su paso por la Facultad), que aquellas paginas de sabiduría eran perfectamente útiles tanto para la Lengua de primero, como para la Lingüística de tercero, la Morfología de cuarto e incluso la Semántica de quinto. Solo una mente privilegiada podría crear algo así́.

Todas las mañanas, don Fernando Redondo, antiguo Catedrático de Instituto, entraba en el aula 17 con la parsimonia que concede la experiencia y la seguridad que da la sabiduría. Pero en algún lugar recóndito de su corazón, alguna porción invisible de su alma temblaba ante lo indescriptible de su noble tarea, la enseñanza.

Generaciones de filólogos, legiones de lingüistas, multitudes de críticos literarios se formaron durante más de cuarenta años bajo la tutela del inefable Dr. Redondo, antiguo Catedrático de Instituto, que contaba sus publicaciones por centenares y era solicitado por numerosas instituciones nacionales para dictar cursos, pronunciar conferencias e inaugurar bibliotecas. A las instituciones extranjeras nunca quiso dedicar su esfuerzo, pues se creía en la obligación de defender la patria frente a los vientos irrefrenables de extranjerismo incomprensible, que azotaban desde hacía tiempo la nación. Por ello hubo de recibir el día de su jubilación el titulo honorífico de ACIE, “Antiguo Catedrático de Instituto Ejemplar”, otorgado por la Asociación de Lingüistas Ociosos, galardón que se sumó a decenas y decenas de condecoraciones, imposiciones y halagos varios y, andando el tiempo, no habrían de caber en su último reconocimiento público, una necrológica realmente emotiva, aparecida en el diario más importante del país.

Don Fernando Redondo, antiguo Catedrático de Instituto, era consciente de la importancia de cada momento en una vida como la suya, así que procuraba adoptar un cierto aire de marcialidad, acorde con su profesión y prestigio. Al entrar en el aula inhóspita y calurosa a las diez de la mañana, cerraba la puerta con fuerza, para no sentirse quebrantado en su autoridad, y se dirigía a la mesa con pasos vigorosos y, en cierta medida, melódicos. Se acomodaba en la silla, se colocaba la chaqueta legendaria con un contundente movimiento de hombros y, sin dar los buenos días, («la cultura necesita de una decisión firme, que no admita titubeos»), comenzaba a dictar sus celebérrimos apuntes, en el punto exacto donde los dejara el día anterior.

Marcadores discursivos. Dos puntos. Piezas lingüísticas heterogéneas en cuanto a la categoría gramatical, pero coincidentes en su carácter invariable y en su casi total lexicalización. Punto. Tienen como misión marcar relaciones que exceden los límites de la sintaxis oracional. Ejemplos. Evidentemente, tendrán que derribar la casa. Bueno, os dejo, que tengo que marcharme.

Puede que algún alumno escaso de talento, de esos que no deberían pisar la Universidad, interrumpiera la clase para lanzar una pregunta poco inteligente. Sin embargo, el Dr. Redondo, dechado de generosidad hacia sus alumnos, no tenía por supuesto el menor inconveniente en responder.

Perdone, ¿podría explicar más detenidamente a qué se refiere con la idea de que “coinciden en su casi total lexicalización”?

Si, efectivamente, los marcadores discursivos son piezas lingüísticas heterogéneas en cuanto a la categoría gramatical, pero coincidentes en su carácter invariable y en su casi total lexicalización.

Tan meridiana aclaración, tan irreprochable respuesta, causaba un escalofrío generalizado de estupor, que arraigaba en aquellas mentes tiernas y ávidas de saber, para no borrarse jamás.

Al cabo de los años, don Fernando Redondo, antiguo Catedrático de Instituto, miraba hacia atrás, orgulloso sin reservas de su obra voluminosa y próspera, de su labor docente y su tesón continuo en cada nueva empresa. Henchido de la más sólida satisfacción, vivió sus últimos días releyendo a los clásicos y esquivando así el voraz apetito de la muerte, que lo esperaba agazapado tras el volumen más reciente de su impresionante biblioteca.

El último día de su vida, el Dr. Redondo, a quien su pueblo natal dedicara la antigua calle de Alfonso X El Sabio, se sentía plácidamente instalado en su jubilación, dispuesto a disfrutar del resto de la Eternidad con un libro entre las manos. Poco antes de morir vio cómo toda su vida pasaba vertiginosamente hacia atrás. Fue entonces cuando recordó, por primera vez en mucho tiempo, la remota historia de las naranjas amargas, planeando en sus sueños. Y no tuvo más remedio que saltar a la muerte para sentirse libre.

 

II

 

Cuando Fernando Redondo, alumno de Bachillerato y futuro Catedrático de Instituto, supo que don Aristóteles Martín estaba convaleciente de una misteriosa enfermedad, sintió que una secreta alegría le brotaba clandestinamente en el corazón. Aquel día, en clase, todos hablaban de lo mismo. Algunos habían visto al viejo profesor de latín desvariando por las esquinas del pueblo, susurrando poemas de Catulo por las calles oscuras de aquel invierno lúgubre de Castilla, mientras los escasos transeúntes huían desconfiados de su presencia, invadidos por un turbio sentimiento, mezcla de desasosiego y compasión.

El olor de su aliento se había hecho vegetal y espeso, y su sombra se fue decolorando poco a poco, hasta volverse tan gris como el tono de su voz, sin embargo nadie dejó de sorprenderse con la noticia de su extraña demencia repentina.

A Fernando Redondo le costaba imaginarse a aquel severo profesor amarrado a la cama, con la mirada fija en alguna imagen del pasado y el alma quebradiza silbándole en las sienes cualquier poema inaccesible de un tiempo pretérito y borroso. Una leve sonrisa de complacencia le crecía irremediablemente en los labios, cuando se regodeaba en aquella realidad inverosímil y se dejaba llevar por la sensación desenfrenada de no volverlo a ver jamás.

Fernando Redondo, futuro Catedrático de Instituto, hubo de olvidarse de aquella nueva suerte de felicidad, cuando apareció el profesor de Física, con el ánimo encrespado y la mirada rígida, dispuesto una vez más a hacer prevalecer su absoluta superioridad sobre aquella masa informe de alumnos atemorizados.

Después de cerrar la puerta, para no sentirse quebrantado en su autoridad, se dirigió a la mesa con paso firme y melódico. Mientras se acomodaba en la silla, se colocó la chaqueta, con un brusco movimiento de hombros, que parecía una seria advertencia y provocó en su auditorio una irrespirable sensación de servilismo vergonzante.

Fernando Redondo, futuro Catedrático de Instituto, escuchó cómo su nombre resonaba palpitante dentro de aquella habitación, deseando más que nunca llamarse de otra forma y haber nacido en algún lugar oculto al otro lado del mundo.

Una vez más, ante toda la clase, hubo de soportar la evidencia humillante de su ignorancia sin límites y el ignominioso deber de escribir en su cuaderno, quinientas veces: “Dos cuerpos se atraen con una fuerza directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa”.

Aunque no había remitido aún el dolor puntiagudo que le oprimía el cerebro, Fernando Redondo, alumno de Bachillerato, recogió sus bártulos como cualquier otro día y se dispuso a salir del edificio hostil que lo albergaba.

Ya en el pasillo, tuvo la certeza de que no olvidaría jamás aquel día aciago de su juventud, al contemplar atónito la imagen distorsionada de don Aristóteles Martín, severo profesor de latín, expulsando por la boca una babilla verde y viscosa y gritando obscenidades indescifrables en griego ático, mientras dos enfermeros aterrorizados trataban de alcanzarlo con una soga de amarrar caballos.

El espíritu se le acurrucó repentinamente en los pies y la saliva se le congeló en la boca, cuando creyó que don Aristóteles Martín acabaría vengando tantas imperdonables afrentas a los poetas de Roma, con un último zarpazo definitivo, que lo sumiera en la más absoluta oscuridad.

Pero algo imprevisto sucedió y don Aristóteles Martín, preso de un súbito desvanecimiento, caía como un plomo pocos segundos antes de que su cabeza se quebrara contra el suelo. Aquel crujido desgarrador liberó una masa espesa y humeante, de la que ascendían atropellados todos los datos innumerables de un archivo saturado por el tiempo.

Más arriba, paralizado aún por el pavor vigoroso de la muerte, Fernando Redondo, futuro Catedrático de Instituto, quedaba paulatinamente impregnado por aquel denso vapor azulino, cuyo olor a madera húmeda ya nunca lo habría de abandonar.

In perpetuum, magister, ave atque vale, dijo. E inmediatamente después perdió el conocimiento.

 

III

 

Al pobre Fernandito Redondo le arrancaban de cuajo las patillas y le aporreaban el cogote, cada vez que su atolondrada dejadez hacía una de las suyas. Era un niño tan descuidado y pobre de ingenio, que sus padres, renombrados maestros de una próspera localidad, se alegraban de que no estuviera casi nunca en casa, cuando la mujer del alcalde pasaba a tomar café.

En el colegio nadie había percibido aún su excesiva dificultad para aprender lo más sencillo, ni su mínima capacidad de concentración, pues tenía la infrecuente propiedad de pasar siempre desapercibido. Su propia madre se lo dejó en cierta ocasión olvidado en la pescadería, y no advirtió su descuido hasta que, revuelta en la humareda asfixiante de la cocina, tuvo que hacer un esfuerzo titánico para recordar a quién le estaba friendo los boquerones. Cuando volvió a buscarlo, el pescadero echaba ya el cierre metálico de la tienda, sin haber reparado en un niño enclenque y diminuto, que se había quedado dormido entre unas cajas de mejillones vacías, al otro lado del mostrador.

Fue por entonces cuando se iniciaron los sueños tempestuosos que le dejaron para siempre un reflejo de la más grave soledad tiñendo su mirada. Pero el descubrimiento de aquella extraña patología no habría de producirse hasta algunos meses después, cuando la evidencia se hizo tan enorme, que nadie pudo ignorarla.

Cierto día de primavera, sin que ningún hecho extraño hubiera permitido presagiar un acontecimiento tan extraordinario, el pobre Fernandito Redondo amaneció rodeado de docenas de naranjas gigantes, que perfumaron intensamente toda la habitación y produjeron en su madre la certeza de que aquel hijo suyo era un castigo de Dios. El pobre Fernandito, confuso y extenuado por el esfuerzo del múltiple alumbramiento, se limitó a mostrar su rostro sudoroso, en un gesto inequívoco de resignación.

Varias horas después, desatendiendo el consejo de su esposa, que abogaba por quemar en el patio toda aquella producción endemoniada, el padre de Fernandito fue el primero en probar las naranjas de su pobre hijo, que avergonzado por el pecado inconcebible, decidió aquella misma tarde no volver a dormir. Así fue como se descubrió que eran demasiado ácidas para ser consumidas y que tenían una cáscara mucho más dura que las naranjas ordinarias.

Durante dos interminables semanas, el pobre Fernandito Redondo, tenaz en su empeño de permanecer despierto, se entregó a la lectura empedernida de todos los periódicos, para que una profunda preocupación por le mundo no le permitiera conciliar el sueño. Las primeras noches no le resultó difícil dejarse invadir por una sincera desazón hacia los muertos de la guerra, los niños hambrientos del Tercer Mundo y los pobres de solemnidad, pero conforme la verdad se fue instalando placenteramente en su cerebro desprevenido, el efecto somnífero de una cómoda compasión dificultó progresivamente el logro de su objetivo.

Como era de predecir, hubo por fin un día en que no resistió el peso incalculable de su propio cansancio y se quedó dormido, mientras trataba de descifrar el nombre de un dictador asiático, perdido entre la incomprensible marejada de un artículo serio, con pretensiones deposteridad. Aquella derrota bochornosa supuso a la mañana siguiente una nueva cosecha de naranjas, con un aspecto mucho más apetecible que la anterior, y la impotencia desmesurada del pobre Fernandito, cabizbajo y apesadumbrado, tras un nuevo fracaso estrepitoso.

Atormentada por continuos remordimientos de conciencia, no quiso su madre esta vez ser responsable de un despilfarro semejante al de hacía apenas quince días, cuando cegada por un arrebato de irascibilidad, decidió tirar a la basura todas las naranjas. En esta ocasión, justificada por muchas horas de maduro análisis objetivo, tuvo la feliz determinación de utilizarlas para hacer mermelada.

De una antigua receta tradicional, olvidada hacía años en el rincón más inaccesible de su despensa, obtuvo una confitura de naranja, que en poco tiempo se convertiría en la más importante atracción turística de toda la comarca. Una gran empresa multinacional se empeñaría en vano a lo largo de años en conseguir la identidad del proveedor desconocido, mientras la fama del producto crecía rápidamente.

El pobre Fernandito Redondo, ignorado en su propia casa desde la noche de los tiempos, aprendió a apreciar su nueva faceta de empresario afortunado, a la vez que su madre se entregaba a la tarea de agasajar a sus amistades con un tarrito de Mermelada Dulces Sueños, la afición de los pequeños.

El día sofocante de junio en que el Tribunal del Instituto San Lázaro llegó al pueblo para hacer los exámenes de ingreso, el pobre Fernandito ya era famoso como miembro de una familia emprendedora, sin que nadie sospechara lo más mínimo sobre su importancia trascendental.

Casualmente, Margarita Paniagua, presidenta del Tribunal y antigua compañera de la Escuela de Magisterio, apreciaba mucho más que suspender a los alumnos apáticos, el sabor inconfundible de una buena mermelada de naranja, lo que hizo culminar con un broche de oro la época más larga de dicha y prosperidad en el hogar de los Redondo.

Pero poco antes del otoño, cuando el pobre Fernandito había logrado mentalizarse para acometer con éxito la próxima etapa de su dura vida estudiantil, la sombra infranqueable de una antigua desilusión resucitó en su dormitorio. Lejos de mostrar su verdadero estado de ánimo, su madre agradeció sinceramente a Dios tantos años de gratuita satisfacción, segura de que la repentina esterilidad de su hijo era tan definitiva como incomprensible.

Envuelta en una propia añoranza, llegó a recordar aquel instante lejano en que, después de un parto agotador de más de veinte horas, conoció el mismo rostro desdibujado y el mismo espíritu lánguido que ahora tenía ante sí. Arrollada por aquella espléndida felicidad, abrazó el cuerpo de su bebé sin nombre y, vencida por una trágica frustración, exclamó:

Este hijo mío conseguirá la Cátedra de Instituto.

 

Francisco del Moral Manzanares