Este relato fue escrito en Manila en 2000 pero publicado en la revista Punto de Libro en 2013.

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Hacía muchos años que Teresita B. Espíritu no le prohibía a su hijo cruzar al otro lado de la calle, sin embargo aquella orden remota había quedado en la mente del muchacho como una obligación ancestral a la que no oponía la menor resistencia. Nunca la desobedecía. A medida que iba creciendo, se adentraba por los recovecos más insospechados de la ciudad. Malate, su barrio, llegó a conocerlo con una exactitud rigurosa y pormenorizada: las grandes vías de comunicación por donde se congestionaba el tráfico a diario, los callejones escondidos, las vías muertas, los grandes hoteles de lujo como fortalezas infranqueables, las pequeñas pensiones, los cafés, las grandes superficies comerciales, los puestos de vendedores ambulantes, los edificios públicos… A cada uno de esos lugares los llamaba por su nombre como si fueran un miembro más de una saga impredecible y cambiante a ritmo vertiginoso. Sabía dónde estaban y conocía a la perfección el color de sus fachadas, el aspecto de sus habitantes y el olor de sus espacios. Podía predecir los daños en cada uno de ellos durante la temporada de tifones y decidir cuál era el mejor para pasar una tarde, dependiendo del sentimiento que ocupara su ánimo.

Pero al otro lado de la gran avenida se había acostumbrado a mirar desde la propia acera de su casa, al principio resignado por el mandato materno y, más tarde, acostumbrado como a rezar el rosario en familia o a limpiarse los zapatos con la dedicación de un artesano. Roxas Boulevard se extiende de norte a sur, en un trazado recto que, a lo largo de la bahía, une el centro histórico con el aeropuerto y la autopista hacia Cavite. Es la arteria por la que la ciudad despierta del todo de una somnolencia que jamás llega a sueño profundo, como si la fatiga de años fuera un castigo seguro del que no pudiera desprenderse. Cuando la circulación comienza a ser más densa y el sol aún provoca sombras alargadas y tenues, el movimiento de personas por los clubs nocturnos de la vía de servicio se hace cada vez más torpe y esporádico, como si el alcohol y la noche hubieran acartonado las articulaciones y entorpecido los músculos.

Pero eso sucede más al sur, entre Vito Cruz y Buendía, donde abundan las luces de neón anunciando nombres como pussy cat, nite club, u.s. male y otros, tarjetas de visita de establecimientos por donde muchos pasan y donde nadie se queda. A esa altura la bahía se ha escondido ya, arropada por el Centro Internacional de Convenciones y el Asian World Center. Sin embargo, más al norte, desde Pedro Gil a Vito Cruz, Roxas Boulevard traza el perfil de la costa y la adorna con sus cocoteros grisáceos y sus brillantes rascacielos de colores mutantes.

Por eso, desde la acera de su casa se puede ver el mar. Un mar casi siempre en calma, en esa calma asiática tan atrayente e incomprensible, que hipnotiza cuando la brisa hace llegar el olor de las algas y el oído se apacigua con el ritmo lento y descompasado de las hojas de las palmeras. Al atardecer, el horizonte salpicado de cargueros, ferris y algún que otro yate, se transfigura de formas y tonalidades irrepetibles y lo disfraza todo con un envoltorio gaseoso casi perceptible a los ojos, pero en el fondo oculto siempre a los sensores de la razón.

Es peligroso cruzar al otro lado. Habría que pasar cuatro carriles de vehículos hacia el norte y otros cuatro hacia el sur, en una ciudad donde la única regla de tráfico es llegar y la amplitud de la gran avenida inspira elevadas velocidades. Así que la prohibición fue tajante desde los primeros días en que la edad y el valor le permitían correr y tomar decisiones temerarias. La opción más común para matar el ocio era jugar con otros grupos de chicos al baloncesto, gracias a la canasta que los mayores habían improvisado en la vía de servicio. Allí no había ningún peligro. El movimiento de coches era mínimo y, sobre todo, muy lento, apenas algún automóvil que iba a parar a los aparcamientos de los edificios colindantes, o un par de taxis que iban y venían de la marisquería de la esquina, más que nada frecuentada por japoneses… Lo único que había que hacer de vez en cuando era apartarse para dejarlos pasar y seguir jugando a continuación. Pero cruzar la calle, no. Eso sí que no, ni siquiera desplazándose hasta uno de los semáforos situados a unos doscientos metros. Lo mejor era prevenir posibles accidentes. Y el otro lado de Roxas Boulevard, junto a la bahía, quedaría siempre ahí al lado, como un foco de luz misterioso al que sólo se podía mirar con delectación, pero nunca poseerlo.

Richard E. de la Cruz, si cruzas alguna vez la carretera, el Santo Niño te cerrará para siempre las puertas del cielo.

Se lo dijo en un tagalo impecable, a pesar del esfuerzo que le costaba cumplir la promesa de no volver a utilizar su propia lengua delante de los niños. Acababan de llegar de una pequeña población de la bahía de San Miguel, a catorce horas por carretera de la capital. Después del primer viaje que los llevara por primera vez fuera de su provincia, no les quedaron ganas de repetirlo en sentido inverso, de modo que, sin saberlo, la habían abandonado para siempre. Desterraron de su boca el idioma que había empleado su familia durante generaciones para amar y maldecir, a pesar de que, para otros menesteres más formales, los avatares históricos de su pueblo les impusieran otros más universales, pero menos propios de la sangre que corría por sus venas y los pensamientos que se agolpaban en sus cabezas. Nunca más lo utilizaron, ni siquiera entre los cónyuges y, a medida que no cejaban en su empeño, se les iba desfigurando el recuerdo de la casa de nipa donde habían vivido desde que se casaron y donde nacieron sus dos hijos, el mayor de los cuales era varón, tenía siete años y adquirió la lengua nacional con tanta celeridad, que perdió toda conciencia de haber conversado alguna vez en la lengua de sus cuatro abuelos.

Aquel viaje, el más largo que emprendería jamás, lo sumió en una borrachera desenfrenada de vómitos multicolores, que le inyectaron en el inconsciente una aversión insuperable a los espacios cerrados y la definitiva incapacidad de comer en movimiento. Con él abandonó para siempre los grandes bosques de palmeras gigantescas, los ríos cristalinos de aguas tibias y las playas de roca vírgenes, apenas visitadas por el hombre.

De pronto, en la gran ciudad, los días se hicieron largos. Ya no había acequias de las que sacar el agua al amanecer para regar las plantas, no había que trocear los restos de comida y mezclarlos con agua para cebar a los cerdos, no había que encaramarse a los árboles para coger mangos, lanzones o chicos. El padre de familia había sido contratado como conductor de jeepney, lo que esperaba le diera más dinero que el mísero jornal de pescador que cobraba en el pueblo, sobre todo después de que la bahía de San Miguel fuera reduciendo la generosidad con que regalaba en otros tiempos a los habitantes de la zona. Con la población piscícola fue disminuyendo también la humana, que en sucesivas oleadas se fue trasladando en un porcentaje importante a las ciudades más grandes del país. Al mismo tiempo, los dueños de las barcas con que se faenaba en los pueblos, fueron reduciendo las inversiones, los beneficios y los pagos a terceros. Faenar desde las tres de la madrugada, hora de reunión en el puerto, hasta las once de la mañana, momento en que se iniciaba la venta del pescado, se había convertido en una tarea demasiado dura para hacerla por tan poco dinero. Los ahorros de medio año en el mar ayudaban poco a mantenerse durante el otro medio año, la estación lluviosa, en que frecuentemente las condiciones meteorológicas obligaban a quedarse en tierra con el ánimo encrespado y la desesperación abierta como una herida candente.

En una de esas ocasiones en que la lluvia caía con el firme propósito de despertar a los difuntos, Melchor W. de la Cruz, aquel padre de familia que no volvería nunca más a la mar, sentenció:

Nos iremos antes de que sea Dios quien nos pesque a nosotros.

En menos de un mes ya habían conseguido vender todas sus pertenencias. Mataron a los cerdos y los asaron para comérselos con parientes y amigos, como si estuvieran festejando la liberación de un enemigo obstinado. Bebieron y danzaron al son de sus propias músicas, y con ello la celebración se fue alargando hasta que la inercia les hizo olvidar el motivo del entusiasmo ensordecedor que ellos mismos habían provocado y los obligó después a dormir durante tres días seguidos, con sus respectivas noches.

Al despertar ya estaban listos para emprender el viaje y asumir el plan de camino a la prosperidad ideado con el máximo cuidado, que habría estado destinado a darles la felicidad, de no ser porque sus caminos triunfales siempre fueron hijos de la improvisación gratuita y no de las urgencias materiales.

Pasaron toda la noche larga del trópico en un autobús sin parabrisas ni lunas de ninguna clase y llegaron a su destino en las primeras horas de una mañana nublada del mes de agosto, envueltos por la saliva lechosa de un sudor persistente, como si el aire hubiera estado lamiéndolos durante horas. Al bajar de aquel vehículo atestado de personas y equipajes, sintieron haber llevado a cabo una proeza digna de la más generosa recompensa. Quedaron unos minutos paralizados en medio de la calle para sacudirse un aturdimiento pesante que dificultaba la respiración y aceleraba las pulsaciones, y enseguida se dirigieron a casa de unos parientes lejanos, cuya dirección alguien había escrito en un papel del tamaño de un billete de veinte pesos.

En aquel lugar permanecieron los cuatro sus primeras seis semanas en la capital, compartiendo una habitación de diez metros cuadrados y saliendo lo menos posible a la calle, por temor a los muchos peligros que los vecinos del pueblo se habían ocupado en enumerarles concienzudamente durante meses. Aún tardaron un tiempo en andar el camino que lleva a deshacerse de lo que se oye y quedarse sólo con lo que se ve. Mientras tanto, era el cabeza de familia el que salía, primero para buscar trabajo, y cumplir con él más adelante. Le solía quedar tiempo, además, para hacer la compra de todo lo necesario que le encargaba su esposa en exhaustivas listas confeccionadas con paciencia y dedicación, si bien era un menester para el que no se consideraba especialmente dotado, como todos los varones de su raza.

Después de la primera semana de trabajo recibió su primer dinero y, para celebrarlo, salieron a comer todos juntos por primera vez en sus vidas. La comida no era tan buena como en el pueblo, ni mucho menos como la que disfrutaron unos días antes de trasladarse, rodeados por multitud de vecinos, amigos y familiares, pero aquel acontecimiento significó un placer muy especial para cada uno de ellos.

Melchor W. de la Cruz sintió un orgullo sin precedentes cuando pagó ciento cincuenta pesos de su bolsillo con una parsimonia fingida pero eficiente, como si estuviera muy acostumbrado a ello. Aquello era una muestra de que siempre se esforzaría por darle lo mejor a cada miembro de su familia. Su esposa comprobó con una tranquilidad relajante que, en las calles de alrededor, la gente sobrevivía sin esfuerzo y el peligro no estaba representado más que por un par de ratas atrevidas que cruzaban de las alcantarillas a los basureros, en una actitud de altanería sorprendente. Era sin duda el carácter metropolitano, rebosante por todos lados. A partir de ese momento se propuso liberarse de su encierro y hacer a sus hijos respirar otro aire que no fuera el de las cuatro paredes de su habitación, aunque el nuevo estuviera altamente contaminado por humos de los más variados colores.

Pero mayor satisfacción supuso aquella comida para los pequeños, que a pesar de sus cuatro años de diferencia, sintieron un gozo similar cuando, al aproximarse al restaurante elegido, siguiendo la dirección marcada por el índice derecho de su padre, vieron el símbolo más claro de la prosperidad moderna, el sueño televisivo de todos los jóvenes y niños del país, la imagen de algo que sólo habían visto a través de una pantalla: la eme curva y amarilla, majestuosa como una montaña feliz del omnipresente y deseado McDonald’s.

Francisco del Moral Manzanares