Anúdate a la brisa que pasa por tu puerta

como si fuera mata abundante de cabellos.

Préndela con la mano, trénzala con los dedos,

disuélvela en tu cara, pero no la abandones.

Persíguela si corre, si deprisa se aleja,

búscala si se esconde, consuélala si llora,

pero que nunca pueda perderse de tu vista.

Guárdala entre tus libros, si no te hiciera falta,

pero nunca permitas que se vaya cantando,

contoneándose libre entre todos los árboles,

porque el viento que viene de remotas regiones

refresca cuando pasa, pero nunca más vuelve.

Francisco del Moral Manzanares