El hombre gusta a veces de pensar que decide:

eso nunca, esto siempre, eso tal vez mañana

y en el trono pequeño de su casa sentarse

y disfrutar sin prisa

el poder de ser Dios un poco cada día.

Hasta que un viento viene despacio por el norte,

donde habita la rosa sorprendida del mundo,

que deshoja cantando

un niño sin mirada.

Sus dedos se entretienen en descifrar colores,

mientras pasa las horas desguazando la vida.

Cada pétalo, un alma; cada color, un sueño:

tú azul

tú verde tal vez,

tú anaranjado.

Francisco del Moral Manzanares