El carro de los locos recorre los caminos,

recorre las ciudades sin que nadie lo aprecie,

recorre las palabras que nunca se dijeron

y los versos callados de ningún poeta triste.

Aparece en la tarde, en la noche, en el día,

aparece en la cumbre y el valle silencioso,

florece en los jardines volátiles del cielo

y en las cloacas oscuras de la fosa profunda.

Hoy lo he visto, esta noche.

Esta noche es la noche del carro de los locos.

Con sus tres pisos altos como tartas nupciales

subraya los senderos de un aroma agridulce.

Las multitudes viejas viven aún dos segundos

para morirse a gusto en su lecho amarillo,

que destruye manadas

y convoca silencios

y desordena brisas

y doma voluntades.

¡Qué caníbal presencia de mandíbulas ciegas!

¡Qué desaliento intacto de imágenes quebradas!

¡Qué sonrisa estridente! ¡Qué placer tan oblicuo!

¡Qué existencia conforme con la piedra pequeña!

Más arriba, un gran grupo de personas impares

se deshace en canciones de vértigo y espuma,

el camino está lleno de zanjas como soles,

pero tras cada curva otro mar se divisa.

Y, cumpliendo el olvido de un sacro mandamiento

ancestral y remoto, como el primer arcángel,

en la almena más alta del carro de los locos,

sin corazón ni espíritu dos cuerpos se encadenan.

No temen al gran trueno ni al rayo boquiabierto,

porque Dios se confunde con viejos jeroglíficos.

Pudieran ser catorce o veinte o treinta y tantos,

pero solo son dos, ellos dos y más nadie,

dos espaldas unidas y un perfil ceniciento

que brilla sin destellos y galopa sin crines.

Cuando barite el viento crujiente entre las llamas

esa efigie siniestra que conduce este carro

-el carro de los locos que recorre ciudades-

antes de arder con todo mostrará a las montañas

su mirada de cera, su boca sin sonrisa

y su querencia absurda, como toda querencia

por la grieta más ancha y antigua de la tierra.

Francisco del Moral Manzanares