Aquel día,

después de tantos días,

después de haber resuelto dedicarme a la tierra

y haber diseminado por el valle mi sombra,

después de haber borrado paisajes con las huellas

de mis pies, como peces entregados al río,

peces verdes de plata, lenguas escurridizas,

trapos blancos de lodo o aguaceros de espuma…

después de ser lo supe,

que era no saber nada.

 

Me mostraba su espalda cuando lo vi de lejos,

ocupado en sí mismo, en manejar el mundo:

un botón para el aire, otro para las nubes,

una palanca, el viento; una polea, la noche,

un código secreto para el mar y las olas

y la voz más profunda, para la luz que se hizo.

Yo me acerqué despacio, con el alma crujiendo

ante los hombros grises donde el cielo se apoya,

y antes de decir nada, saqué de mi bolsillo

un papel arrugado y triste como un sueño.

Cada letra encerraba siete significados,

cada siete palabras, una pregunta abierta

sobre todos los hombres.

Cuando volvió la cara al saberme tan cerca,

se inundaron sus ojos del océano más lánguido,

y cayó de rodillas y sucumbió a mi sombra,

apretando sus puños, continentes quebrados.

¡Un hombre! -gritó.

¡Un ser humano!

y sus rizos de siglos se volvieron pequeños

y su aliento sin límites se atragantó asustado,

mientras la gran mirada de sus ojos callaba.

Entonces, tembloroso, con una mano enferma

del pánico infinito de quien comprende el mundo,

sacó de su bolsillo, sin que yo lo esperara,

como un sueño arrugado y triste, un pergamino

con siete mil preguntas sobre todos los hombres.

 

Porque quiero cansarme de correr y estoy quieto,

hoy quiero despertarme como nunca he querido,

porque estoy en la silla y mis pies no resbalan,

porque ya no hay camino donde vencer el miedo.

Después de ser lo supe (y eso es no saber nada).

Francisco del Moral Manzanares