He de volver y vuelvo a las paredes blancas,

mi piel escurridiza, mi memoria auscultada,

mis ojos, convocados por la voz más antigua

que se escuchó en mi cuna, que levantó mi casa.

Vuelvo a la vieja sala blanca blanca blanquísima,

vuelvo al salón sin puerta, al baño sin ventana,

al patio precintado, a la ruta sin agua.

No se escuchan las flores, no tililan las almas,

apenas se estremecen unos cuantos sonidos,

que ya no son palabras, que ya no son más nada,

ni siquiera son llantos, ni risas, ni demandas.

Pero si fueran versos, si fueran madrugadas,

si fuera la reyerta sinfónica del viento,

si fuera un corazón henchido de perfume,

si fuera el descubrirse de la primera escarcha,

ávidos mis sentidos y mis entrañas ávidas

retornarían al huerto, a la ancestral cabaña

que la frágil semilla de mí mismo incubara.

Cómo pesan los ojos que acribillan mi cara,

cómo escuece la lengua que se duerme en mi boca,

cómo muerte el recuerdo que pena en mi memoria

y el racimo maduro de las noches se acaba.

Ya no hay nada, más nada, sólo escucho las lágrimas,

Recorriendo mis venas, salpicando mi cama.

mi corazón bosteza acobardado y sueña

una casa sin techo y sin paredes blancas.

Francisco del Moral Manzanares