Anudaste caminos con caminos

y tu puño, infinita maravilla,

nuestras almas tomó de aquella orilla

de donde parten ciegos los destinos.

 

Nos agrupaste en besos vespertinos

y en ramos de dolor. Húmeda arcilla,

los cerebros mezclaste en esta orilla,

trasplantados del mar donde nacimos.

 

Mas el viento invernal, que siempre juega,

nos quiere separar, tizón helado,

sin escuchar la savia que nos riega.

 

¿Quién llorará el silencio acongojado?

¿Quién parará la fuerza que nos llega?

¿Quién morirá una tarde abandonado?

Francisco del Moral Manzanares